La vida torna cuan claro horizonte y cuan oscuro sendero, hoy un día como otro marcado por la rutina absorbente de vuestro quehacer, allí en algún lugar remoto, como cualquier alma vagamunda yaces circundante en el sin sentido de la vida, aquel momento dizque libre de vuestra corta y sutil existencia.

Quizá algo coherente que has escuchado durante años es el cuestionamiento más infernal al que se someten las escasas almas pensantes, el mismo que ha arrasado con generaciones enteras, que escudriña las más recónditas pasiones y los más serenos pensamientos, y que para quienes indagamos por el sin sentido de la vida corresponde a la más amplia interpelación humana, que sobrepasa el desde siempre inconcluso discurso metafísico del ser y el no ser, siendo más absurdo que cualquier banal pensamiento ¿para qué vivir si desde que somos, estamos condenados a una continua, progresiva, absorbente y sin salida agonía?

Podrá el hombre opacar la absoluta respuesta que hace evidente su finitud y fragilidad, será éste capaz de reconocerse en su incongruente orgullo y falaz ego de superhombre, como un ente que no se sostiene por sí sólo y que pende de una u otra manera del acontecimiento más trascendental al que es sometido todo ente cuanto vive, ‘el dejar de existir’. Pero que sería de la vida sin la muerte, eternidad afirman algunos, y que sería de la muerte sin la vida, ¿la nada acaso?, y ¿qué es la nada?, antecede o precede el acontecer humano, si lo antecede, surgimos de la nada… así el conócete a ti mismo, no sólo es la indagación que debe anteponerse ante cualquier pensamiento y practica humana, sino que corresponde al umbral del cual hablarán éstas líneas.

El acontecer del hombre es un caminar continuo hacia el sin sentido de la vida, o el consentido de ella, pues la muerte rebosa las entrañas de cualquier ser viviente, los animales le temen, pero el hombre es el único conciente de ella. Algunos afirman que quizá éste acontecimiento trascendental no sea definitivo, argumentando la supervivencia espiritual de la especie; no obstante, en oposición a ellos estamos quienes no nos dejamos llevar por sofismas engañosos y quienes no os ilusionamos por vidas venideras, que no son más que esperanzas paliativas de cobardes que no son capaces de confrontar su realidad como seres condenados a la muerte, como lo afirmo Martín Heidegger en su obra ser y tiempo. Sin embargo, no debéis temer a la muerte, si al absurdo de la vida, pues ésta no es más que el profundo sosiego de centenas de desesperanzas que conllevan a nuestro cuarto de hora ‘la vida’ a la más grande desgracia; o al más honorífico final, tras el largo recorrido entre la frustración y el tedio, entre el yo temporal y el eterno presente. Así, la existencia humana se halla sujeta inevitablemente a un sin sentido que trunca sus anhelos. Pues hechos, emociones y pensamientos convergen en evidenciar la flaqueza y la limitación humana en el conjunto de condicionamientos que fluctúan el acontecer mismo en la absurdidad de la tragedia tal cual la evidencian los trágicos griegos.

La flaqueza, la carencia y la limitación se convierten en fuerzas coercitivas que entretejen el dinamismo humano, que no es más que el antagonismo entre el presente como supuesto de temporalidad en contraposición al ser ahí, vigente, interpelante, angustiado y condenado a la muerte. La primera en la medida que el hombre como cualquier especie en su finitud está tendiente a ser desterrado de sus propios deseos, pues son éstos los inquisidores que le condenan a vivir su más inminente desgracia, y le sumen a su vez en un monótono sufrir, dolor fatigante, agudo y desbordarte que se impone desde la concepción y el nacimiento como la esencia misma de lo que será la vida. Paradójicamente la carencia, como la sed insatisfiza de la preponderante escasez y privación, señala el truncado presente de centenares de seres, que buscan y no encuentran, que se esfuerzan y desisten, que brillan y se opacan. El hombre es carencia, ella lo desnuda y muestra la fragilidad humana, desde siempre limitada, pues el existir ha coaccionado al ser, haciéndole al homo esclavo sí mismo. Tal divergencia nos remite al dilema de las esencias, cual es la humana? Ser para la muerte, ser esclavo de las circunstancias, ser un exhaustivo devorador de la especie, un inquisidor de deseos… eh ahí la cuestión.

Así el sofisma de la libertad, de la verdad, del bien, de la sociabilidad y de la muerte acompañan intrínsecamente el devenir del ser humano, para el cual las situaciones nefastas como agradables no sólo implican el estar vivo, sino el comienzo de una cadena de infortunios entorno a la subjetividad que supone el que es un ente y no otro quien enfrenta a su manera su presente desafiante.

La pregunta por el hombre epicentro del giro antropológico dado a finales del siglo XIX, enmarca el paradigma de la existencia, y sella tácitamente lo que albergará un período de guerras, desafíos y verdades. Así, nos enfrentamos a realidades desentrañables y desalentadoras al descubrir la deshumanización de aquello que un día creímos humano, y que hoy no es más que una superflua añoranza de un pasado que fue y que en nuestro eterno presente no deja de ser inadmisible. La naturaleza humana no obstante hace retraer la memoria por instantes difusos y en el presente inmediato encuentra que el hombre como ser difiere de los demás, y que ésta diferencia recae simplemente en ser conciente de la desventura de la vida, en su inminente y no mutable caminar continuo hacia el sin sentido de ésta el absurdo mismo, el vivir.

AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS
Agustín de Hipona